oh mundo, lo siento por ti, no conoces a esas cuatro personas.
Ezra Pound
<<Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra>>.
Juan, hablas pura paja, dijo ella mientras apuraba un ron con coca cola. No lo escribí yo, fue Borges, dijo él sentado en el sofá. A su ron nunca le ponía coca cola por eso del daño que hacen las bebidas azucaradas. Ella todavía usaba grinder para moler los cogollos del cannabis. Tenía tanta calle y le faltaba calle. Ni siquiera sabía cómo comprar marihuana en la calle, a lo mucho llegaba a saber dónde hallar un shawarma con papas fritas crujientes. Tampoco sabía el secreto para freír papas, pese a sus estudios de gastronomía cuando soñaba montar una discoteca donde ella fuera la DJ que daba vueltas a un acetato ad infinitum, como una cinta de moebius. Su mundo, en realidad, era el baile y la música. Un mundo cuyos bordes eran ya difusos.
<<Están vacíos los caminos, están vacíos los caminos de esta tierra y las flores agachan sus pesadas cabezas. Se agachan en vano. Están vacíos los caminos de esta tierra en donde Ione caminó antaño, y ahora no camina ya, sino que parece alguien que acaba de irse>>. ¿Quién es Ione? Cuando te conocí apunté tu número en mi teléfono como poeta, dijo ella. Es una ópera, un libreto de Giovanni Peruzzini, basado en la novela de Edward Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya;melodía con pasajes descendentes de semicorcheas -dijo él-, muy melancólico, muy a tono. En su acto IV hay una marcha fúnebre. Pompeya, marcha fúnebre, pues me recordó estos tiempos de pandemia. Tal vez tenemos el mismo sentimiento de Ezra Pound cuando escribió Ione, muerta hace ya un año.
Todos caminamos como si alguien se acabara de ir. En Alemania, cerca de Bremen vive mi hermana, mi cuñado es cazador, él hace sus propias balas y construyó su casa para un escenario de guerra. Tiene balas especiales para matar zombies, porque cree que en el fin del mundo seremos invadidos por zombies, dijo él. Y ahora huimos de un virus invisible, dijo ella. Te sirvo un ron, preguntó él. Bueno, de algo habrá que morirse, dijo ella mientras le daba vueltas al grinder. Mentiras, no quiero morirme, dijo con su típico acento bogotano.
La última vez que ella estuvo ahí se acabaron una botella de aguardiente y salieron en busca de la segunda como a la medianoche. Todo era tan fácil en esos días en los que, en el aislamiento total, podrían compararse con los últimos días de Sodoma y Gomorra. Sexo, licor y sexo, las drogas las fue dejando en el camino.
¿Y qué vamos a hacer?, preguntó. Ella había llegado por casualidad a Quito, tal vez harta de su encierro en Bogotá, se había embarcado en un camión que llevaba productos agroindustiales a Ecuador. Ese tipo de transporte tenia vía libre para circular por las fronteras hasta durante el toque de queda.
Pues comenzar con tu proceso de desintoxicación de tanta dieta sana y gaseosas sin licor, dijo él. Ella casi se atraganta de la risa. Pues desde Ipiales hasta acá las carreteras están vacías. Hay controles, pero casi no paran. Todos tienen miedo, dijo ella. Al tercer ron volvió a recordar al perrito atropellado en la carretera al Quilotoa y las mulitas exhaustas que debían cargar humanos por un camino empinado.
Él le contó que hace años había escrito la historia de un personaje que buscaba desestresarse manejando en las madrugadas en busca de perros sobre los que pasaba las llantas de su carro. Me voy a dormir, dijo ella. Solo tráeme un balde, dijo tirada en la cama boca abajo. Si quieres vomitar ahí tienes el baño, dijo él. Solo tráeme una cubeta, dijo ella. Él dejó un balde junto a su cama y cerró la puerta. Al día siguiente todo era un reguero de la carne terminó medio que había comido la noche anterior. Bonita forma de comenzar tu proceso de desintoxicación, dijo él, después de limpiar la habitación, sin que ella se moviera de la cama. Mejor dúchate, dijo él y bajó a la cocina para preparar el consomé de jerez que pedía en una tradicional cafetería de Bogotá, en la Séptima, a la que siempre le llevaba su amiga Ana Sofía.
El consomé y la ducha le devolvieron a la vida y durmió todo el día. Al mediodía, como todos los días, él escuchó el parte de guerra: tantos muertos, tantos casos confirmados con coronavirus, tantos casos descartados, tantos con pronóstico reservado. La curva seguía ascendente y no se veía cómo podría aplanarse con tanta gente violando el aislamiento, muchos porque debían ganarse el pan del día a día, otros solo por aburrimiento, como esa mujer en Italia que dejó el aislamiento, se subió en un bus del que se negó a bajar pese a las amenazas del conductor, solo porque se sentía aburrida. De regreso a su casa se llevó en su cartera una multa de 500 euros.
¿Qué haces?, preguntó ella. Y él saltó del susto. No sé por qué no me escuchas, yo siempre te escuchaba cuando llegabas, dijo ella vestida con su pijama color lila. Supongo que solo contemplaba la desolación, dijo él. Desde su ventana se veía una ciudad normal, con las luces del atardecer y del anochecer. El pijama era lo único que a ella le hacía sentir que dormía y despertaba.
Tengo hambre, gritó. Vamos a ver qué hay en la cocina, dijo él. Te gusta la pasta, preguntó después de revisar la alacena. Rico, dijo ella. Pues pasta con albóndigas será, dijo él. Y fue al bar. ¡Hey! Estamos de suerte, todavía queda una botella de ron, dijo él. Sí, ¡claro!, y todos los días saldrá como por arte de magia una botella de ron de todas las cajas que debiste haber comprado Juan, dijo ella.
Él se fue a lavar los platos y ella a buscar su grinder. No quiero oír más de tus historias sanguinarias, dijo ella dando vueltas a su grinder. Mejor sírveme un ron, solo uno, dijo ella. A la mañana siguiente él despertó desnudo en su cama. por la ventana entreabierta contempló un sol impresionante. La ciudad, completamente iluminada. Ella estaba a su lado desnuda. Sus ropas tiradas por el piso. Intentó ponerse en pie sin hacer ruido, recogió su pantalón, su boxer, su camisa y salió en puntillas hasta que sus pisadas suaves se extinguieran lentamente. Se metió bajo la ducha como medía hora.
Ya era mediodía, bajó a preparar el desayuno y la despertó. ¿Por qué te fuiste?, preguntó ella. Porque de alguna forma me sentí como una puta que debía irse antes del amanecer, dijo él. Y a ella le dio tal ataque de risa que casi se ahoga.
Desde el advenimiento de la ciencia en el siglo XVII, pensamos en la mitología como un producto de las mentes supersticiosas y primitivas, según Lévi Strauss. Las supersticiones son las únicas explicaciones posibles ante tanto desastre. Yo la vi ahí, parada al otro extremo de la sala, como una persona condenada a ser eternamente una estatua por haber cometido el pecado de voltear a ver la destrucción de Sodoma y Gomorra; el odio de un dios destructivo, cruel, reacio a soportar la diversidad creada por él. La diversidad secundada por él, porque en su más absoluta maldad y egoísmo hizo solo dos personas para habitar un mundo, un planeta no contaminado ni por el extractivismo, ni por la deforestación ni por los incendios ni por los plásticos, tan solo por el odio, el alfa y el omega de la vida; dos personas creadas a su imagen y semejanza. Dos personas dotadas de debilidades autoimpuestas por él, de obscenidades y perversiones propias de los dioses; de envidias y tragedias diseñ...
Quito parecía un pueblo fantasma. Era su cuarto día encerrado, en confinamiento. Desde la ventana contempló la ciudad e intentó imaginar la forma del virus, no podía tener la forma del spondylus. Mirar por la ventana siempre había sido su mayor miedo. Lo hizo cuando se encendió el Cern, el centro ocupado en hallar la partícula universal o la piedra filosofal, según los alquimistas. Se levantó en la madrugada y con un vaso de whisky se pasó casi una hora contemplando el cielo; era como si un agujero negro se hubiera abierto, de esos que consumen galaxias y galaxias para convertirlas en nada, en la partícula de Dios. La imagen le devolvió a su infancia, a la casa de su tío en Echeandía desde donde contemplaba el pueblo con su parque, iglesia y su cine. A ese recorrido por un bosque tropical hasta llegar a la cancha de fútbol y después bajar a la tienda donde compraba un helado de esos hechos en bolsas de plástico. Su tío siempre le reservaba la mejor habitación, en el fondo siempre...
En diciembre, tres meses antes de la pandemia, conoció a Liz, la última de sus sobrinas de la última de sus hermanas. Saltaba, bailaba, era como si solo ella hubiera descubierto el secreto de la felicidad. A veces le despertaba con sus gritos, con sus llantos, con el olor a bosque. La historia de la magia. Había llegado el tiempo de volver. Rocío por fin había comprendido que Juan comía poco y trataba de evitar la mesa con abundantes platos. Tampoco era amante del té, ni de las infusiones alejadas del whisky. Liz se hacía la dormida en el sofá, donde Rocío veía masterchefecuador o escuchaba música ecuatoriana. <<¿Por qué no escuchas a Brahms?>>, le preguntó. <<Y el tal Brahms cantará como canta Carmencita Lara>>, respondió. <<¿Cómo tu hermana Graciela?>>, dijo. <<Ella dice que canta>>, dijo. <<Al igual que tu hermana Beatriz>>, dijo Juan. <<Bueno, ella sí canta mejor que Graciela más o menos, pero con un chillido...