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La tejedora manabita

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Beatriz había llegado a Quito para sus vacaciones de marzo. Siempre llegaba sola, era su forma de alejarse de todo. Sus hermanas eran su refugio y Jacinto, por lo que siempre debía cargar en su maleta un reloj y unos chocolates mon cherry para Juan. En el centro llevan kirsch, un licor incoloro hecho por destilación del jugo de una especie de cerezas de Morelo, una variante de la cereza ácida o silvestre, producidas en la Selva Negra de Alemania. La tierra de Thomas Mann. Su refugio. De mañanas y atardeceres irreproducibles. Ella era el equipo de avanzada para preparar el matrimonio de Rocío. Esa noche también estaba Cristina y sus amigas, dedicadas a empinar el codo como si Baco hubiera declarado el fin del mundo o el comienzo de la pandemia del coronavirus. <<Sí, claro. Te acuerdas de La tejedora manabita , tiene unas tongas espectaculares>>, dijo una de ellas, que trabajaba en el Ministerio de Agricultura. Juan había comenzado a hablar de cocina y se le ocurrió menciona...

Los casamenteros

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  <<Ya ves, ya ves, si hubieras salido cinco minutos antes todavía habría alcanzado a la gasolina a menos de dos euros. Menos de dos euros, Juanito. Eso es un albur aquí. ¡Te imaginas! Menos de dos euros. Aquí la variación de precios es real, eso de los marcadores en Wall Street o en Frankfurt, la historia de los toros y los osos. Puede cambiar en segundos. Ni siquiera son las siete y ya casi todo está cerrado. Ya me acostumbré. Con tu hermana a veces íbamos a una discoteca latina, en un pueblo más grande, claro que Kai se enojaba. Ese es el bar mexicano al que te llevaron, en mi pueblo hay uno igual, claro que ahí sí le ponen licor. No es tan suave, a veces vamos con Simon. O íbamos. Claro que lo conociste, fuiste el primero en conocerlo personalmente, cuando vivía en la casa de tu hermana. Vine a Alemania a hacer mi maestría, porque no soportaba Ecuador, no quería tener novio allá, además mi mami no me dejaba, bueno no conoció de uno. Nunca se lo dije. Y no vayas con el chi...

Y antes de mí, el silencio

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  Antes de Juan no existía nada, ni los ríos, ni los océanos ni el cielo ni la lluvia ni el camino del camino empedrado de Echeandia a la finca ni las montañas ni el riachuelo ni la abuela vestida como siciliana contando cuentos de terror ni papá con su escopeta esperando la luz de la luna para disparar a una guanta ni el fogón de leña ni la noche ni los días ni el crepitar de las gradas de madera ni los sueños ni el cansancio ni el miedo ni la pandemia ni la esperanza de pandora ni ese olor a humedad ni los candiles ni la luz de la luna ni la luz de sol ni los fogones de leña de Camarón ni sus empanadas de queso. Hasta que abrió los ojos una noche de mucha lluvia en la finca a la que había acudido la partera. Y ahí estaban sus hermanas, menos Beatriz y Rocío. <<Se va a llamar Juanito>>, había dicho su papá. Su segundo hijo varón ya se llamaba Segundo, ni modo que él recibiera el nombre de Tercero. Milton en realidad no se llamaba Milton sino Wilton, se lo cambió en el ...

El homosexual

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  A última hora Juan logró conseguir un vuelo para Manta, era fin de año y todo estaba lleno. Isabel quería volver a Canoa, ahí iba con su novio el suizo a hacer parapente. Una de sus debilidades era la langosta, aparte del spaguetti con tofu. Llegaron en la mañana del 31 de diciembre y en un taxi fueron a Canoa en un viaje que le pareció interminable. Mucha gente la conocía ahí. Le llevó a un hotel frente a la playa, con un balcón, desde donde podía mirar la lejanía del mar y escuchar el murmullo de las olas. El dueño era un hombre obeso, que siempre permanecía sentado en una silla blanca pycca. En ninguna casa de Guayaquil y toda la costa podía faltar algún mueble pycca. Graciela siempre le llamaba ya sea en navidad o fin de año para que fuera a cenar en su casa. Y ya después se fue olvidando, no soportaba la ingratitud. <<Antes, todos los años llamaba a Milton en su cumpleaños y él nunca llama, pues dejé de llamarle>>, le confesó años después. Pero siempre le recibía...

Beatriz

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  Juanito, estás aquí, quién diría que nos veríamos acá. Ya acabé mi vida en Brasil. Lo de las tangas creía que era broma, pero si no me dejas ver la foto de para quién es no te puedo ayudar. Yo soy una buena asesora de modas. Pero te traje cachaza. El difunto, caput . Ya te contaré en el viaje a Bremen. Mira, si vamos en primera clase; las ventajas de viajar con Juanito. Yo he sido rica sin tu glamour. He viajado por todo el mundo sin tus lujos. Ya ves, ahora soy la sobrina pobre. ¿Y cuándo viajamos? Sí, la Liz es una preciosa. Y aquí está la estrella de la familia. ¡Kai!, no quiero vino. Mi amorcito no bebe, así que debo irme acostumbrando. Una copita estaría bien. ¿Ya te llevaron al bar mexicano? Los cocteles son buenazos. ¿No te gustó? Sí, ya sé que algo te contó tu hermana. Te lo diré en el camino. Ahora estás en el cuarto donde estaba hospedada. No sea curioso, espero que no hayas visto mis juguetes sexuales. En realidad los estaba coleccionando para enviarlos a Susana. Yo no...

Las Perseidas

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  “Cuando la Tierra atraviese una nube de escombros cósmicos a mediados de agosto, los cielos nocturnos se iluminan con una extraordinaria exhibición de estrellas fugaces y alguna que otra bola de fuego. Cada año, la Tierra choca contra la trayectoria de la órbita del cometa y los escombros abandonados; hielo, polvo y trozos de roca del tamaño de un grano de arroz golpean las capas superiores de la atmósfera y se encienden en llamas, a veces hasta solo por una fracción de segundo”, le explicaba Juan a Lorena, sentados ahí en una pizzería, junto al cruce del río Tena y Pano. Pronto comenzaría a llover. La botella de vino casi se había acabado. Caminaron para cruzar a pie el puente sobre el río Tena. Era como si deambularan por un mundo de zombies, rostros escondidos en una mascarilla y miedo, mucho miedo. La sensación de angustia era asfixiante. Juan comenzó a sentirse atrapado en un mundo ajeno y distante. La humanidad se parecía a las Perseidas. Fue la angustia que sintió cuando G...

Jaqueline

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  Cuando amaneció Gladys vio a Malena tirada en el piso. Amanecía y no había nadie a su alrededor. Nadie, ni Anita, ni Graciela, ni Beatriz ni Rocío y menos Jaqueline. La desesperación, la ausencia de ayuda. Los gritos. El 911 no respondía y cuando respondió no llegó a tiempo. Malena se sacudía en el piso, con espasmos frecuentes. La silenciosa agonía de su familia. La muerte de su papá en un baño, la muerte de su mamá en la habitación de un hospital. Gladys solo podía llorar. Juan había llegado a Quito hace poco y al primero que vio en la morgue fue a Milton. Después fueron llegando todos. Todos sintiéndose culpables. Todos sin mirarse. Todos escondiendo sus culpas. La mirada de Gladys en el funeral fue de ausencia, mientras los demás se ocupaban por esperar la llegada de Beatriz, la Kim Kardashian de la familia. Juan intentó reconstruir muchas noches esa mañana. Lo hacía escuchando las conversaciones, esas en voz baja, esas recriminaciones no dichas, las peleas a kilómetros de di...