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La cena

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  El duelo de los ángeles habla del tedio y lo sublime. Juan había llegado al tedio. Lo sublime lo dejaba para los demás. Nunca supo cuando lo supo, solo lo sabía. Estaba seguro de saberlo. Era como ese lenguaje de los quiteños; aprendió a hablar en señas desde el principio. El principito . Es una imagen recurrente, esa que Squatol Jones identificaba con los heresiarcas. Ella trataba de explicarle la vida y él intentaba hacerle comprender que ya la conocía. -         Siempre tan tú. Y ahora me vas a explicar que son los heresiarcas, supongo. -         No. En una de las noches en las que Rocío permaneció donde Graciela pude ver su frustración ante tanto té. Graciela me pidió un mapa para ir. ¿Quién pide un mapa para ir a La Mariscal? Ahí dejé todos mis despojos. Viví en edificios en los que los guardias me confundían con Nerón. Lo único que les interesaba es mi canto. Quo vadis? Pues no lo sé. Me mudé con la ...

La estrella de David

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  <<Es el lago Tiberíades ecuatoriano, ahí se originó el mundo. Si quieres ver el amanecer ahí debes pagar como cien dólares la noche, lo que cuesta una cabaña. Es un ojo de agua custodiado por la Mama Imbabura. Si ven ese pico allá. De ahí nacieron los primeros habitantes del mundo. Por eso los otavalos son nuestros embajadores, ellos van por el mundo contando que Ecuador existe, que no es un país imaginario; que estamos en el centro del mundo, donde el agua no gira, donde todo es al revés. A los pies de esa montaña están los brujos de Ilumán, la tierra de los yachac taitas , los brujos en castellano. Hay un extraño escalofrío cuando entras al pueblo. Parece que estuviera deshabitado con muchos ojos en las puertas. Alguna vez me emborraché ahí, solo de paso>>, dijo Juan, mientras Rocío contemplaba el amanecer y Graciela dormitaba. <<¡Sí! ¿No ve?>>, dijo Rocío. Había pasado tanto tiempo afuera y era la más quiteña de todas sus hermanas. Quito tiene un extrañ...

El hermano de la Anita

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<<Que despierte Wilson le pregunto por qué; los frenos creo fue lo que mandaste arreglar, si es batería te tocaría comprar otra, eso por lo general ya no se arregla. O sea que..., la batería no tiene nada que ver con los frenos hermano de la Anita ; el hijo de ella mand ó arreglar una cosa luego viene a reclamar porque se fundi ó el motor, cuando nunca se toc ó el motor >>, fue la respuesta seca que recibió de Graciela cuando le explicó que casi se había matado en el auto porque seguramente se había cambiado un tubo, según le explicó desde la ventana, porque no hallaba el original. El mismo que había buscado por aire, mar y tierra y había dejado un repuesto en el maletero hace mucho tiempo. Era el hermano de alguien. No era él. era el otro, el desconocido, el que se fue un día sin mirar atrás. El hermano de Anita se refugió entonces en la nostalgia. Ya todas sus hermanas anunciaban con publicar sus libros, sus historias. Rocío le había escrito todo un libro y le pedía no...

El funeral

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  Tal vez el mundo sería menos hideputa, en palabras del señor Cervantes, si la gente usara menos máscaras. La calle le parecía un lugar de zombies. Nadie podía tocarse, ni mirar. Y todos eran sospechosos. El estornudo o la tos era prueba suficiente para aislar al otro o anularlo sin preguntas. El sarcasmo del coronavirus, de la pandemia. Eso lo comprendió Juan claramente cuando retrocedió a la noche en la que todas sus hermanas estaban asustadas porque Milton llegó borracho preguntando si ahí no había nada o debía ir a buscar una botella. Acompáñalo, le dijo alguien. Está borracho. Y Juan se subió al carro sin preguntar nada. <<Te mandaron tus hermanas. Verás Juanito, en esta vida nadie te va a regalar nada, todo tienes que ganártelo a pulso. Cuando murió papá en el baño yo juré que iba a entrar a esa Corte como juez. Cuando manejes acelera y frena, no vayas a toda prisa porque te chocas. Con Jacinto ya sabes cómo nos llevamos, a puro golpes, pero al día siguiente nos da...

Antes de la historia, no había historia

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Cuando Maribel le contó la historia de cómo había sido la pelea entre Rocío y Beatriz, Juan solo contempló la ventana. El sol cubría todo el horizonte. No veía nada. Era el secreto de los ciegos que Borges vivió y Sábato describió en el informe sobre los ciegos. La pandilla se había dispersado para siempre. Ya sabía que Kai le consideraba un borracho, que Torsten le consideraba un borracho, que Wilson le consideraba un borracho, que Simon iba con diarrea cuando bebía agua sin purificar al igual que todas las europeas que no comían chimichurris en determinados sitios. La diarrea era el símil de su mundo depravado, del vómito de los rockeros de los sesenta cuando llegaban a su límite. Por eso de que hay que mejorar la flora cuando se llega al tercer mundo. Rocío le había pedido que no escribiera nada de lo que le había escrito. Un escritor escribe sobre realidades, nunca sobre ficciones. Y estaba a punto de escribir los monólogos, empezando por los de Rocío. Me hizo llorar cuando me di...

La borrachera y la tía Elsa

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  Cuando Maribel le contó la historia de cómo había sido la pelea entre Rocío y Beatriz, Juan solo contempló la ventana y escuchaba más claramente el sonido de las rieles del tren. Luces, casas, árboles. Una especie de tiniebla en medio de la nada. Cuando Rocío había llegado a Quito podía escuchar claramente el grito de Graciela en las mañanas: Ya Rocío de pie, vamos a trotar. Uno, dos, tres… <<Y nunca te enteraste cómo Beatriz se soltó esa noche>>, preguntó Juan. <<No, cuando me desperté ya no estaba. Y yo no había bebido casi nada>>, dijo Maribel. En Quito visitó varias veces a Rocío, más de las acostumbradas de las destinadas a la familia. Tanto Beatriz como Rocío creían estar casadas con caballeros que hablaban de él a sus espaldas. Lo supo por ciertos comentarios al paso que hacían de los dichos de Kai y Torsten. <<Y si le escondemos los zapatos, ya no podría salir a Kaufland>>. <<Es que no es normal como bebe, Nunca había visto a nadi...

El motel

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  Los días previos a la tragedia Juan había pasado por un profundo estado de depresión. La muerte de Malena le había golpeado demasiado. Lloraba como un mocoso en cada esquina, en cada falda. Intentaba comprender algo que no entendía, la sencillez de ese árbol naranja lima, la sensación de abrir una naranja en las mañanas y exprimirla hasta ver brotar la última gota de jugo. El aroma del café colado. Siempre que iba a la casa de su amiga Ana Sofía en Bogotá a las seis de la mañana pasaba por su cuarto para anunciarle que su tintico estaba en la mesa. A veces se levantaba y se servía un aguardiente. <<Hijueputa, no puede ser. Vamos Nairo>>, gritaba. <<Mira Juanito, ahora desayunamos y nos vamos a la séptima, quiero que conozcas uno de los mejores sitios de Bogotá, todo gourmet. Hasta te puedes tomar un vino de los buenos>>, le decía. Ana Sofía, la mejor guía turística de Bogotá y de cualquier ciudad donde se quedaba tres meses. Su radar era impresionante. Al ...